El Comegente de VenezuelaEl viernes 12 de Febrero de 1999, tres jóvenes encontraron en las inmediaciones de un puente colgante y escondidos entre escombros, varios pies y manos humanos.

Inmediatamente dieron aviso de su macabro descubrimiento a la Central de Emergencia de la Defensa Civil de Táchira, quien destacó de inmediato elementos para tomar conocimiento del caso. El puente colgante “Libertador”, diseñado por el ingeniero francés Gustave Eiffel, se encuentra ubicado en las márgenes del río Torbes, entre las localidades de San Cristóbal y Tariba, Estado Táchira, a unos 750 kilómetros de Caracas, Venezuela.

Una vez confirmado el hallazgo, se hicieron presentes en el lugar funcionarios policiales quienes en el transcurso de una nueva búsqueda localizaron restos humanos parciales que hacían suponer entre diez y doce cuerpos. Una vez descartada la hipótesis de que pudiera tratarse de un área de liberación de cadáveres de alguna banda de narcotraficantes o de alguna secta satánica, se recurrió a las denuncias de personas desaparecidas.

Se pudo determinar la existencia de una serie de denuncias en la localidad entre Noviembre de 1998 y Enero de 1999 por lo que se procedió a rastrear la zona. Por primera vez se comenzó a especular la existencia de un asesino en serie.

En una casucha fabricada con escombros en al área del Parque 12 de Febrero, encontraron varios recipientes con carne humana y vísceras preparadas para el consumo, tres cabezas humanas y varios pies y manos que fueron llevados a la morgue del Cementerio Municipal de El Vigía, estado de Mérida, debido al avanzado estado de descomposición que presentaban.

El dueño el rancho resultó ser Dorancel Vargas Gómez, un mendigo bastante conocido en la zona nacido en Caño Zancudo, estado Mérida, el 14 de Mayo de 1957.

Su arresto por los detectives del Cuerpo Técnico de la Policía Judicial con el apoyo de la Policía Montada se llevó a cabo poco después y fue conducido a la casilla policial más cercana del Parque en las afueras de Tariba. Ahí se condujo un interrogatorio preliminar que daría a la policía no pocas sorpresas.

“No me arrepiento de lo que he hecho, porque me gusta la carne y no soy el único, en Diciembre compartí al vecino Manuel, que era muy buena persona y yo me dije, si es tan buen vecino tiene que estar bien sabroso. Total que hice unas empanadillas con él y las compartí con los conocidos que en todo momento alabaron la sabrosura del relleno. Quizá ahora piensen mal de mi, pero yo lo hice con la mejor buena voluntad del mundo, como recomienda la iglesia yo compartí mi pan, bueno en este caso al bueno de Manuel, pero al caso le hace lo mismo con otros tan necesitados como yo y ahora me veo prisionero”.

“Yo por necesidad me veo metido en esta vaina, por todo cuanto robaron en esta nación que nos han llevado al hambre a miles de venezolanos, pero no me arrepiento por que a pesar de que lo único que no me daba apetito eran las cabezas. Con las manos y los pies cuando más me apuraba el hambre yo me hacia una sopita con ellas y no desaprovechaba nada”.

Esta y otras declaraciones fueron hechas al sargento de policía Gumersindo Chacón, encargado de la casilla, Dorancel no ahorró detalles sobre la manera en la que descuartizaba, sazonaba y cocinaba a sus víctimas.

“Los hombres saben mejor que las mujeres, saben recio como cochino salado, como jamón, da gusto comer un buen macho, las mujeres saben dulce como quien come flores y te dejan él estomago flojo como si no hubieses comido”.

Algunos detalles que declaró serían jocosos de no ser tan aterrorizantes: “Nunca mataba hombres gordos, tienen mucha grasa y eso tiene mucho colesterol”.

Tras que las confesiones realizadas fueron publicadas por la prensa, algunos atónitos vecinos empezaron a recordar detalles de la vida del mayor asesino en serie de la historia venezolana, según las autoridades.

Parece ser que siempre había vivido solo y desaparecía largas temporadas paseando con una barra metálica, como una lanza, de un metro de largo. Lo que nadie podía imaginar es que utilizase esa barra para cazar a sus víctimas, quienes se supone que eran indigentes de la zona y obreros que laboraban en las riveras del río Torbes recogiendo y transportando arena.

Tras cazarlos, los descuartizaba, guardaba las partes que se comía para cocinarlas y enterraba lo demás, que según sus declaraciones, “le producían indigestión”.

Si bien una de las víctimas fue identificada como Francisco A. López, quién desapareció de su lugar de trabajo, situado en las proximidades del río Torbes, la Policía Judicial continua sus investigaciones para identificar los restos hallados y excavar en otros lugares en busca de nuevos restos.