El Niño de SomosierraLa historia es la siguiente:

Un camión cisterna ha volcado, vertiendo su contenido por toda la zona, por lo que la alerta es máxima. El material es ácido y puede causar un peligro biológico irreparable. Más tarde se empieza a hablar de víctimas. Los dos ocupantes del camión. Andrés Martínez y Carmen Gómez. Una tragedia más si no fuera por el dato más extraño del caso. Las dos personas no estaban solas. En la cabina del camión, iba su hijo pequeño, Juan Pedro Martínez. Su cuerpo no apareció jamás.

Los datos se remontan al día 24, por la mañana, cuando la familia decide ir de viaje a la sierra por motivos de trabajo del padre. Le acompañan la mujer y su hijo, quienes todavía no habían visitado Madrid. En una cafetería de la sierra, deciden desayunar y durante su regreso a sus tierras… Algo debió ocurrir para que el camión alcanzara más de 140 Kilómetros por hora en una carretera de montaña.

El camión choca contra otro vehículo y se estrella contra una cuneta. El contenido de la cisterna se derrama por la carretera y provoca un atasco y retenciones de horas. El desastre no acababa más que empezar. Explosiones a lo largo de la carretera indicaba que el ácido se extendía por todas partes.

Se hallan los restos de los adultos. Sus cuerpos presentan quemaduras de gran envergadura, están quemados ya que una grieta se abrió encima de la cabina y bañó de ácido a sus ocupantes. Sus rostros totalmente desfigurados, pero los cuerpos intactos. Ya al anochecer, cientos de personas se agolpaban en la zona.

Entre ellos circulaba el rumor. Los padres de Andrés Martínez habían llamado preocupados, a sabiendas de la noticia, repetían continuamente una frase estremecedora:

¿DÓNDE ESTA NUESTRO NIETO? Cuando las fuerzas de seguridad tienen el permiso de abrir la cabina, no descubren rastro alguno del niño. Con potentes focos y linternas empiezan a investigar los alrededores del accidente, pero no encuentran ningún cadáver, ningún niño herido por ácido. Juan Pedro Gómez había desaparecido.

Las posteriores investigaciones desmienten la posibilidad de que el niño hubiera sido disuelto por el ácido en tan poco tiempo, ni con la posibilidad de que la cabina se hubiera convertido en una "bañera" del mismo, y en el caso de que ocurriera, los huesos deberían haber aparecido aunque fueran flotando en el líquido.

Nada. El niño había desaparecido. Más datos llegaban según pasaban los días. La investigación del taquígrafo del camión (la caja negra de los camiones) indicó que habían sucedido una serie de parones a lo largo del recorrido: doce detenciones en apenas unos kilómetros.

Pero aún un dato más escalofriante les esperaba a los investigadores: los testigos que circulaban por la carretera, indicaron que delante del camión circulaba a gran velocidad una camioneta blanca. ¿Acaso perseguía el camión a la furgoneta? ¿Con qué motivo? ¿Podía ser un secuestro y el camión perseguía la furgoneta con su hijo dentro? A estas preguntas se le unieron más cuando los testigos presenciales del accidente vieron asustados, que después del choque, de la furgoneta blanca salieron dos individuos muy altos, con batas blancas hasta los tobillos y tez pálida, se acercaron al camión y sacaron un bulto bastante grande.

La policía realizó la intensa búsqueda de todos los poseedores de un furgón de semejantes características, pero no encontraron nada. Nunca más se supo de Juan Pedro Martínez.